La discusión sobre las infancias y adolescencias digitales suele comenzar con una pregunta equivocada: cuánto tiempo pasan los chicos frente a una pantalla. Así lo plantea José Farhat, especialista en ciudadanía digital y convivencia tecnológica, quien sostiene que el verdadero interrogante es otro: “La pregunta no es cuánto tiempo usa el teléfono. La pregunta es qué vida está viviendo mientras lo usa”.

Farhat, actual secretario de Participación Ciudadana, propone dejar atrás una mirada centrada exclusivamente en los dispositivos para entender que internet se convirtió en un territorio donde niños, niñas y adolescentes construyen identidad, generan vínculos, buscan reconocimiento y atraviesan experiencias tan reales como las que viven fuera de línea.

“Nuestros hijos e hijas no están frente a una pantalla. Están viviendo una parte de su vida”, resume el especialista. Desde esa perspectiva, quedar afuera de un grupo de WhatsApp, sufrir agresiones en redes sociales o encontrar sentido de pertenencia en una comunidad digital puede provocar un impacto emocional tan profundo como el que generan situaciones ocurridas en la escuela, el club o el barrio.

Farhat advierte que muchos adultos todavía observan la tecnología únicamente como un objeto, ya sea un celular, una tablet o una computadora, cuando en realidad se trata de un ecosistema mucho más complejo.

“El dispositivo es apenas una puerta. Del otro lado existe un territorio donde nuestros hijos pasan buena parte de su tiempo y construyen experiencias significativas”, explica.

Ese enfoque también modifica la manera de pensar el cuidado y la protección de niños y adolescentes. Según el especialista, la evidencia en psicología del desarrollo demuestra que el principal factor de protección frente a los riesgos digitales no son las aplicaciones de control parental ni las restricciones horarias, sino la calidad del vínculo con los adultos de referencia.

“El predictor más robusto de bienestar de un adolescente frente a los riesgos digitales es que tenga un adulto de confianza con quien hablar”, afirma.

Por eso insiste en que el rol de las familias no debe limitarse a supervisar pantallas, sino a construir conversaciones cotidianas que permitan a los hijos expresar qué les sucede en esos entornos digitales.

Para Farhat, el desafío central no es tecnológico, sino vincular. Advierte que el adulto que aparece únicamente para sancionar o controlar corre el riesgo de convertirse en alguien a quien los chicos oculten información. En cambio, quien se interesa genuinamente por la vida digital de sus hijos, pregunta sin juzgar y escucha sin reaccionar de inmediato, puede transformarse en una figura de referencia para acompañar situaciones complejas.

En ese marco, propone reemplazar la lógica del control por una cultura de presencia y diálogo. “La conversación que salva no es la del día que explota el problema. Es la que ocurrió cien veces antes”, sostiene.

El funcionario también remarca que el cuidado de niños y adolescentes en entornos digitales no puede recaer únicamente sobre las familias. “La escuela, la comunidad y los propios adultos responsables deben asumir una estrategia de corresponsabilidad que permita comprender mejor los desafíos de una generación”, concluye.